En estos momentos de crisis todos agudizan su ingenio en la búsqueda de soluciones y esto se expresa de muchas maneras. Últimamente en Internet circula un correo electrónico con una “solución casi infalible” que intenta demostrar como con quinientos euros se puede solventar una deuda en cadena que suman mas de tres mil, pero esta formula económica no es nueva. Lo que casi nadie sabe es que el origen de esta solución está los comienzos de La Cofradía de Genarín. La gracia que concede la devoción por Nuestro Padre Genarín junto a la lucidez que da la ingesta de orujo hace prodigios, “milagros” cada vez más necesarios, dada la situación de crisis total en la que se ha instalado nuestro país.
En la época en la que vivió Genarín, los años veinte, la crisis no era una excepción, era una institución. Aquí, en estas tierras, nadie tenia más que lo justo para malvivir y algunos se las tenían que apañar, con mucho ingenio y mucha destreza para poder llevarse una copina de orujo a los labios, demás de un trozo de pan y unos taquines de queso, como era el caso de nuestro Padre Genarín.
Pero esta historia no es de Genarín, sino de uno de sus discípulos mas aventajados, de hecho uno de los evangelistas que menos escribió, pero el que mas pagó, ya que su fortuna personal y su especial habilidad para los negocios le permitían ser generoso y esplendido a la hora de invitar a sus compañeros de farra a las copas de orujo que fueran necesarias para subir el nivel de alegría y de lucidez de la juerga. Se trata de Luís Rico.
Pues bien, Luís Rico, en un momento en el que tenia su piso de juergas, “la cachondoria”, con alguna reforma, le coincidió la llegada a León un famoso grupo de bailarinas cubanas que venían a actuar al “Lisboa”, famoso cabaret situado en la Calle de la Torre, y sabida es la costumbre de este generoso evangelista de que todas las cabareteras que pasaban por León, después de su actuación, pasaran por su casa a “tomar una copina y lo hubiera falta”. Como no tenia seguro que el retoque de su piso de juergas estuviera terminado quiso curarse en salud y acudió a un hotel céntrico, situado en la Calle Ancha, con el fin de reservar un salón y algunas habitaciones donde poder reunirse con sus amigos y las bailarinas cubanas. La reserva le costó quinientas pesetas que se las devolverían en el caso de que al final no necesitará disponer de las instalaciones del hotel.
Nada mas dejar el dinero en el mostrador, el dueño del hotel, apretado por deudas con diferentes suministradores, tomó los billetes y fue a pagar la deuda contraída con el carnicero, cuyo establecimiento estaba muy cerca, en una de las calles adyacentes al hotel. Este a su vez, corrió hacia la granja Esteban, afamado ganadero de los aledaños de León, y que le había amenazado con no venderle mas terneros a no se que fuera pagando lo que le debía. Esteban con las quinientas pesetas pagó a su vez al suministrador de cebada y piensos cuyo almacén, situado a extramuros de la ciudad, en el Barrio de San Lorenzo, y muy cercano a alguna de los establecimientos de “meretrices” que en aquel momento había en León. Este almacenista, solterón y amigo de ir probando, una a una, las “discípulas” que iban llegando a los prostíbulos de su barrio, tenía contraída una importante deuda con una de las “madam” que regentaba la mas importante casa de putas de la ciudad. Esta señora, debía a su vez el alquiler de varias habitaciones que usaba para ejercitar su servicios a ciertos clientes muy selectos y “reservados” de la ciudad, abogados, algún político y hasta un par de canónigos, y que por su condición de personajes “muy conocidos” no querían acudir al prostíbulo, satisfaciendo sus aficiones en la discreción de una habitación de hotel.
A los pocos días Juan Rico, visito las obras de su casa, comprobando, lleno de alegría, que la reforma estaría terminada para la fecha en la que esperaban el grupo de bailarinas cubanas, con lo que dirigiéndose al hotel anuló la reserva, recuperando las quinientas pesetas que había dejado de señal.
Nunca, este generoso evangelista fue consciente, de lo que había hecho. Su gesto genariniano había conseguido satisfacer las deudas del hostelero, del carnicero, del ganadero, del fabricante de piensos y hasta de la “madam” que regentaba una casa de putas en el barrio de San Lorenzo, sin que en definitiva le costará más que la propina de cuatro reales que dejó al mozo del hotel en el momento en el que le devolvieron la fianza. Y es que las enseñanzas de Nuestro Padre Genarín sirven para todo, hasta para los momentos de crisis.
viernes, 5 de junio de 2009
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